LOS DERECHOS DEL
OTRO
Jean François Lyotard
(Conferencia pronunciada en el Auditorio León de Greiff de
la Universidad Nacional de Colombia – Sede Bogotá, el 7 de marzo de 1994. Es
una versión del texto publicado el año anterior como “The Other’s Rights,” in
Stephen Shute; Susan Hurley (eds.), On Human Rights. The Oxford Amnesty Lectures. New York: Basic
Books-Harper Collins Publishers, 135-147).
“Parece que un hombre que no es más que un hombre ha perdido
precisamente las cualidades que permiten a los otros tratarlo como su semejante”.
Escribiendo esta frase en su estudio sobre El imperialismo que constituye la
segunda parte de Los orígenes del totalitarismo (1951), Hannah Arendt determina
la condición fundamental de los derechos del hombre: un hombre sólo tiene
derechos si es algo más que un hombre. Y sólo es algo más que un hombre si es
también el otro hombre. Sólo así “los otros” pueden tratarlo como su semejante.
Lo que hace a los hombres semejantes, es que cada uno lleva en sí la figura del
otro. Su común similitud procede de su disimilitud singular.
No matarás a tu semejante: matándolo, no matas a un animal
de la especie homo sapiens, matas la comunidad humana presente en él como
capacidad, como promesa. Y la matas también en ti. Expulsando al extranjero,
expulsas esta comunidad, y tú te expulsas de ella.
¿Qué es esta figura del otro en mí, fundamento de mi derecho
a ser tratado como hombre? Las reflexiones que siguen están consagradas a este
asunto.
“Nada más que un hombre”, tal y como lo ha escrito Hannah
Arendt, significaría: nada más que un individuo de la especie homo sapiens.
Especie muy poderosa puesto que ha vencido a todas las otras en la lucha por la
vida cuyo teatro es la superficie de la tierra. Y que sigue combatiéndolas con
éxito, por ejemplo, por medio de la higiene, de las disposiciones sanitarias,
de la protección del medio ambiente… Cada humano es un espécimen de esta
especie. Se asemeja a otro de su especie, como un chimpancé a un chimpancé.
¿Está presente la figura del otro mico en cada uno de ellos?
Los micos tienen la capacidad de reconocerse entre sí y de distinguirse de las
otras especies animales. Pueden comunicarse por medio de sistemas de señales
sensoriales, dependientes de los cinco sentidos y de la motricidad. Estos
sistemas forman una especie de lenguaje, y éste asegura a los animales una
especie de comunidad en la que se intercambian los afectos (los phatemata de
Aristóteles) y las advertencias en relación a las conductas que se deben
adoptar.
De este lenguaje señalativo, la especie humana no está
completamente privada. Pero en ella ocupa un lugar muy pequeño. La capacidad
animal para comunicarse está fijada en el stock genético común de la especie.
Es del orden de lo instintivo. Los humanos tienen muy pocos instintos.
Comparados a sus hermanos animales, los humanos jóvenes necesitan mucho tiempo
para poder actualizar el lenguaje de sus semejantes. Esta lengua no es común a
la especie. No opera por señales corporales, sino por signos. Estos signos
arbitrarios, combinándose según reglas ellas mismas arbitrarias pero fijadas en
estructuras sintácticas, permiten designar cualquier objeto, real o no,
exterior o interior, como su referente, y significar algo a propósito de ese
objeto. Esta significación, y es lo que aquí nos interesa, está dirigida.
Esta función del lenguaje humano, que hoy llamamos
pragmática, gobierna evidentemente la formación de la figura del otro.
Explícitamente o no, toda frase humana está destinada a alguien o a algo.
Espera una respuesta en sentido amplio, un encadenamiento. Esta polarización está
indicada en nuestras lenguas por las “personas” verbales y los pronombres
personales. Yo es éste (aquel o aquella) que habla en este momento; tú aquel a
quien esta palabra está dirigida al presente. Tú es silencioso mientras que yo
habla, pero tú puede hablar, ha hablado, hablará.
La interlocución, diferente de una comunicación animal que
podría calificarse como homogénea, introduce entre los locutores una relación a
la vez de similitud y de disparidad. Las instancias yo y tú no pueden
fusionarse puesto que una tiene la palabra cuando la otra no la tiene aun, o ya
no la tiene, por el momento. En tanto que designativos (déictiques), yo y tú
están en correlación ahora, que designa precisamente el presente de la palabra.
Es a partir de él que se despliega la temporalidad del pasado y el futuro. Pero
en cuanto a la capacidad de hablar, que por definición de está limitada a este
presente, sino que se extiende a toda interlocución posible, yo y tú son
semejante. Quienes son capaces de hablar ocupan por turno la instancia yo y la
instancia tú. Cuando dicen yo no son un tú pasado o futuro, cuando están en
posición tú es porque han hablado o hablarán diciendo entonces yo.
La interlocución implica, entonces, que los humanos no
pueden fusionarse en una comunidad por señales, como los animales, salvo en el
caso de que la interlocución se haga imposible y no les quede más que este
pobre recurso. En principio, el nosotros humano resulta de la interlocución, no
la precede. En este nosotros, la figura del otro permanece presente
distintamente a cada uno, en tanto que el otro es su interlocutor posible. Uno
y otro pueden llegar a un acuerdo, después de la argumentación y el debate, y
entonces estabilizar su comunidad por el contrato. Es el principio de la
politeia griega o de la república moderna. El ciudadano es el individuo humano
cuyo derecho de dirigirse a los otros le es reconocido por estos.
Es preciso distinguir el principio republicano del hecho
democrático. El demos no es una comunidad contractual, sino natural y cultural.
En ella, los individuos son reconocidos no por su derecho a la palabra, sino
por su nacimiento, su lengua y su herencia histórica. La nación en el sentido
medieval, así formada se caracteriza por la homogeneidad de sus componentes. No
es la interlocución quien engendra la comunidad sino la lengua que, del mismo
modo que las costumbres, opera como una señal de reconocimiento entre los
miembros de la nación. Aunque dotado de la palabra interlocutora, el individuo
demótico, siervo o libre, emplea la lengua para señalar emociones y acciones a
los otros especímenes de la variedad de los homines a la que todos
conjuntamente pertenecen. Esta relación con el lenguaje excluye la alteridad
implicada en la interlocución cívica. El otro permanece como extranjero. No
goza de los derechos reservados a los nacionales. Los mismos griegos que
inventaron la politeia la niegan a los barbaroi. El derecho a la interlocución
no se le reconoce a todo hombre. La figura del otro es la figura de una amenaza
que pesa en el afuera sobre la comunidad nacional. Un ataque a su integridad.
Simplifico excesivamente la descripción para hacer aparecer
lo esencial de lo demótico por oposición a lo cívico. Del uno al otro la
diferencia se juega en la toma en consideración de la interlocución que
modifica la figura del otro. El pueblo tiene al otro por fuera de él mismo, la
ciudad la interioriza. En las comunidades humanas contemporáneas, los dos
aspectos permanecen muy a menudo confundidos, bajo diversos modos: más o menos
de nación, más o menos de república. No es discutible que la institución de una
comunidad europea, por ejemplo, no pueda autorizarse más que del principio
cívico.
Hay en la república un principio de universalización que
corresponde a la función de dirigirse al otro que la palabra comporta. Si un
humano puede hablar es un interlocutor posible. Si habla una lengua extranjera
a la lengua nacional, el principio no es por esto invalidado. La especie homo
sapiens siempre ha hablado una multitud de lenguas. Pero todas son lenguas humanas
que satisfacen los caracteres estructurales de los que hablé brevemente. Estos
caracteres son suficientes para, en principio, hacer traducible una lengua
humana desconocida en una conocida. No insisto sobre las dificultades y los
enigmas de la traducción. La traducibilidad por principio es suficiente para
asegurar la extensión de la interlocución a todo individuo humano, sin
consideración del idioma natural o nacional. La civilidad puede universalizarse
de hecho, como lo promete en derecho.
Como un estado de civilidad Se encuentra efectivamente
extendido a las comunidades nacionales o demóticas, Es un asunto serio. La
historia entrega cantidad de modos diferentes, no solamente políticos y
económicos sido también lingüísticos: Lengua única obligatoria, Lengua oficial
con tolerancia de los idiomas tradicionales, plurilingüismo obligatorio,
plurilingüismo de hecho…Es asunto de relaciones de fuerza, militares,
políticas, económicas, culturales. Estas relaciones determinan la manera como
la interlocución se extiende, pero no pueden detener esta extensión. La función
de destinación inherente a la estructura de las frases no conoce límites: Se
puede rezar a un río, a un árbol, se puede dar órdenes un animal. Si el
destinatario es un humano, se le aprehende inmediatamente como un interlocutor
capaz de dirigirse a su vez al primer locutor.
La capacidad de interlocución no tiene un límite a priori.
Asociada a la recursividad del lenguaje humano y a su traducibilidad, está
destinada a aprehender a todos los locutores humanos en una comunidad hablante.
De esta potencia de hecho surge lo que llamaré un efecto de derecho. Si todo
humano puede ser un interlocutor para los otros humanos, entonces debe poder
serlo. Se desliza del sentido del poder como capacidad a aquel del poder como
“tener derecho”. Sabemos, sin embargo, que la capacidad no hace la legitimidad.
Pero tratándose de la interlocución, la confusión es tentadora, porque la
capacidad de entrar en diálogo con otro es compartida Igualmente por cada uno y
porque la interlocución por sí misma implica la reciprocidad de la palabra.
Respeta la alteridad de la interlocución, también la paridad con su compañero.
Promete así su respectiva libertad y su igualdad ante la palabra. ¿No son éstos
los caracteres de la justicia? Este deslizamiento del hecho al derecho hace
pensar en la confusión corriente de la democracia con la república. Pero, ¿cómo
escapar a ella? Admitimos que la capacidad de hablar a otro es un derecho del
hombre, quizá su derecho más fundamental. Si el uso de esta capacidad es
prohibido de hecho por la injusticia de la suerte, o por principio como castigo
de una falta, por ejemplo, se le inflige un daño al locutor así golpeado. Se le
separa de la comunidad de los interlocutores. No es otro para alguien, y nadie
es ya su otro. Hay muchas maneras de imponer el silencio. Amnistía
internacional las conoce mejor que cualquiera. Su vocación es modesta pero
decisiva. Es mínima. Amnestos significaba aquel que está olvidado. Amnistía no
exige la revisión del juicio ni la rehabilitación del condenado, sino solamente
que la institución que ha decretado su silenciamiento (mise au silence), olvide
ese decreto y devuelva a la víctima a la comunidad los locutores.
Es ésta una tarea conforme a las disposiciones del derecho
público de las republicas democráticas. Sostengo, sin embargo, que está
legalidad esconde una confusión entre una capacidad, la aptitud a la palabra, y
una legitimidad, la autoridad de hablar. En otros términos, no hay derecho
natural en sentido estricto. Es propio de la esencia del derecho el merecerse.
No hay derecho sin deber. Sucede lo mismo con la capacidad dialogar. No es
verdad que se actualice espontáneamente. Existe cuidados, un aprendizaje, lo
que se llama justamente una civilización. Por sí mismo lo humano no es más que
un homo, un animal que puede hablar. Es cierto que su lenguaje está hecho de
tal modo que contiene la promesa de la interlocución. Pero para liberar y
respetar la figura del otro que esta promesa conlleva, debe emanciparse de lo
que en él la desconoce, esto es, que su naturaleza animal. Los niños no van
espontáneamente al diálogo. Algo resiste en nosotros, que quizás “habla”, pero
más bien por señales que en las reglas de la interlocución.
Ahora bien, la civilización, considerada como el aprendizaje
de una palabra compartida contigo, exige el momento de un silencio. El maestro
habla y el alumno escucha, decía Aristóteles. En este momento, el yo me es
prohibido, soy asignado a la posición del tú por el maestro, en el polo tácito
de la destinación. Tácito no significa pasivo. El elogio de la interactividad
como principio pedagógico es pura demagogia. El alumno tiene la capacidad de
hablar, debe conquistar el derecho, y con este fin, debe callarse. Esta
suspensión de la interlocución impone un silencio y este silencio es bueno. No
amenaza el derecho de hablar, enseña el precio. Es el ejercicio necesario para
la excelencia de la palabra. Como el escolar, los escritores, los artistas, los
sabios, los novicios deben retirarse para aprender aquello que dirán a los
otros.
El maestro, cualquiera que sea el hombre que lleve, los
dispensa de compartir la palabra, para decirles algo que no saben. Puede
incluso hablarles en un lenguaje que no comprenden. El maestro no es la figura
del otro, del tú, sino la figura del Otro en su separación. Es el extranjero.
¿Cómo dialogar con el extranjero? Sería necesario aprender su lengua. Este
asunto posee cierta analogía con lo que sucede en la literatura y las artes:
testimonia de algo que está “presente” de otra manera que como espera de
interlocución, algo opaco. El innombrable de Beckett. El silencio impuesto por
el aprendizaje civilizador es el momento de un trabajo de extrañamiento. Se
trata de poder hablar de otra manera a como hablo cotidianamente y decir otra
cosa de lo que sé decir. La extrañeza de otro sentido se impone en silencio a
través de la alteridad del maestro. Me toma como rehén para hacerme escuchar y
decir lo que ignoro. Emmanuel Lévinas ha desplegado este tema mejor que nadie.
Resulta de este breve análisis que la capacidad de
interlocución sólo se muda en derecho a la palabra si ésta puede decir otra
cosa distinta de lo ya dicho. El derecho de hablar supone el deber de anunciar.
Si no enuncia nada, la palabra está abocada en la repetición y a la
conservación de las significaciones adquiridas. La comunidad humana podrá
extenderse, pero permanecerá la misma, postrada por la constatación eufórica de
entenderse bien consigo misma. Es esta hoy la función primordial de los media.
La interlocución no es un fin en sí. No es legítima más que si, por otro, el
otro me anuncia algo que escucho sin comprender.
Sería necesario entonces distinguir tres estatutos del
“derecho a la palabra”: la facultad de interlocución, que es un principio
fáctico inherente a las lenguas humanas; la legitimización de la palabra,
debida a que anuncia algo diferente que se esfuerza por hacer comprender;
finalmente, su legitimidad, el derecho positivo de hablar, que reconoce al
ciudadano la autoridad de dirigirse al ciudadano. Este último aspecto reúne los
dos primeros. Pero esta reunión es buena. Autorizando a cada locutor posible el
dirigirse a los otros, la república le impone el deber de anunciarles lo que no
saben. Estimula el anuncio, instruye. Y, de otra parte, prohíbe que cualquiera
pueda ser privado de la palabra arbitrariamente. Desestimula el terror.
Gobierna el silencio del mejor modo, autorizando aquel de la disciplina y
prohibiendo aquel del despotismo. Este cuadro republicano es idílico, no lo es
su motivo. La amenaza de ser privado de la palabra no es ocasional, pesa
constantemente sobre el derecho a la interlocución. Es por esto precisamente
que la república es indispensable. Un locutor humano teme siempre ser golpeado
por un “cállate”. Se queja porque su pertenencia a la comunidad hablante es
precaria. Incluso el buen silencio, aquel del escritor, del monje o del
escolar, no se vive sin sufrimiento. Toda expulsión inflige un daño a aquel o
aquella que la sufre. Pero este daño se muda necesariamente en un ultraje cuando
la víctima es excluida de la comunidad interlocutora. Porque el ultraje es el
daño del que la víctima no puede testimoniar, privada de poder ser escuchada.
Este es precisamente el caso de aquellos a quienes el derecho de hablar a los
otros les es negado.
El derecho de hacer callar que la comunidad se otorga a
título de sanción es siempre peligroso. La pena de muerte causa evidentemente
al condenado un ultraje irremediable, incluso si es culpable de un crimen
odioso. Pero, en lo que tiene que ver con nuestro propósito, el deceso no es
necesariamente el ultraje. Hay “muertes bellas” como decían los griegos,
aquellas que dan de qué hablar durante mucho tiempo después a los ciudadanos.
Es preciso entonces invertir la relación: Es el ultraje quien hace morir porque
implica la exclusión del locutor fuera de la comunidad hablante. La comunidad
no hablara de esta exclusión puesto que la víctima no tendrá los medios de dar
cuenta de ella para defenderse o quejarse.
Aquellos y aquellas que han escapado de la exterminación en
los campos saben esto. Vueltos a la comunidad, pueden de escribir y contar lo
que fue la administración de la muerte. Pero ¿cómo podrían comunicar la
abyección a la que fueron reducidos? Era, en primer lugar, la ruptura de la comunicación.
¿Cómo significar con los medios de la interlocución lo que
puede ser el terror de no estar destinado a nada ni a nadie? No se les hablaba,
se les trataba. No eran enemigos. Llamándolos perros, puercos o crápulas los SS
o los kapos no los trataban como animales sino como desechos. El desecho está
destinado a la combustión. La experiencia de estar olvidado es inolvidable.
Pues revela una verdad de nuestra relación con la lengua que la serenidad de la
creencia en el diálogo ahoga y rechaza. La abyección es cuando la lengua nos
falta por exceso, y no solamente el abandono de la palabra. Permanecemos por
siempre deudores del anuncio. El otro en la lengua, el Otro que es la lengua,
no dice lo que debe ser dicho. Se calla. ¿Será que incluso espera? Excluidos de
la comunidad hablante los deportados fueron devueltos a la miseria de este
secreto. En esta miseria reside la verdadera dignidad de hablar. La experiencia
de ser olvidado no puede expresarse en la palabra compartida que, por
hipótesis, la ignora. Ni yo ni tú, el deportado no está presente en el discurso
de los señores y de los deportados mismos más que en tercera persona y para
eliminarlo. Es superfluo como todo locutores superfluo en cuanto al Otro. Pero
por esto mismo absolutamente responsable de él. La abyección sufrida en los
campos ilustra horriblemente la amenaza de exclusión que pesa sobre toda
interlocución. En el patio de la escuela, el niño a quien los otros dicen: no
jugamos contigo, conoce este sufrimiento indecible. Sufre un ultraje que, en su
escala, vale como un crimen contra la humanidad. Incluso aquellos que se
someten a la ascesis de la separación para exaltar el poder anunciador de la
palabra se exponen al riesgo de la abyección. Cierto, sólo se prohíbe el
comercio con otro para escuchar mejor al maestro extranjero. Pero este
sometimiento al otro es percibido como una dependencia sospechosa a un poder
extranjero a la comunidad interlocutora, una especie de traición. El latín
sacer, sagrado, decía la ambivalencia del abyecto: deshecho excluido de los intereses
de la comunidad hablante, pero signo, quizás, en el que el Otro ha dejado su
huella y que amerita un temor respetuoso.
En su análisis del sentimiento sublime, Edmund Burke llamaba
horror a la afección que golpea el alma amenazada de ser privada de la palabra
compartida. El poder que puede exceder las capacidades de la interlocución se
asemeja a la noche. No tiene la figura de un tú, incluso si intentamos
domesticarlo con el diálogo. Puede ser bueno o malvado. Se le escucha pero no
se le comprende. Este puede ser Dios, el animal o Satanás. No se esforzamos en
el silencio en traducir su voz para anunciarla a la comunidad de los locutores.
Buscamos así dialectizar nuestra relación con el Otro. Pero su extranjeridad
parece escapar a toda totalización. Siempre es renovable el esfuerzo de
traducción. Cuando creemos haber reducido lo abyecto o o lo sagrado a
significaciones transparentes, se hace entonces lo más opaco y se nos devuelve
desde afuera como un accidente. El mal que sufren las sociedades contemporáneas,
el mal posmoderno, es esta exclusión forzada (forclusion) del Otro. Es el
reverso del mal de la identificación victoriosa. Saint-Just proclamaba la ley
en nombre del Otro, y hace reinar el primer terror totalitario.
Más sabio que la dialéctica, los jacobinos y los
decididores, Freud reconoce en la abyección no un episodio sino una situación
constitutiva de la relación de lo humano con la interlocución. Niños, somos
marginados de ésta y condenados al exilio. Esta situación infantil es aquella
de un humano inacabado: No habla todavía. Se le habla, se habla de él, pero no
es un interlocutor aunque este inmerso en la comunidad interlocutora. Las
frases que lo involucran sólo valen para él como señales y gestos, mal
descifrados debido a su arbitrariedad y a sus pocos instintos. Es afectado por
ellos, pero no tiene lengua para articular sus afectos. Estos habitan en él de
manera inconsciente, en un olvido siempre presente. No entran en la
temporalidad asociada a las estancias de la designación, yo y tú. Surgen en el
curso de la historia individual de manera aparentemente inmotivada. Bloquean la
interlocución. Con ellos es el ultraje inevitable y la abyección de la infancia
que se fractura en el comercio adulto.
De nuestra premaduración original surge una angustia sorda.
Es a ella a quien debemos la capacidad de interrogar todas las cosas. También,
la necesidad de ser acogida, la exigencia de ser autorizado a entrar en la
comunidad hablante. En la interlocución, de mi a ti se juega un drama: aquel de
la autorización. La pregunta o la aserción dirigida a otro se dobla siempre con
una plegaria: líbrame del abandono, permíteme ser de los tuyos. Esta exigencia
admite las más diversas modalidades, la amistad, el odio, el amor, la
indiferencia incluso. Pero en ella se encuentra el fundamento del derecho a la
palabra. Porque este derecho se asegura que mi exigencia será escuchada y que
no seré rechazado en la abyección de la infancia. Al mismo tiempo te he de
anunciar la severidad opaca que he de experimentar y que experimento siempre
como niño. La ley dice: No matarás. Esto quiere decir: no negarás a otro su
lugar de interlocutor. Pero prohibiendo el crimen de la abyección, la ley evoca
la amenaza o la tentación crónica que ejerce el crimen. La interlocución sólo
se autoriza del respeto del Otro, en tu palabra y en la mía.
Recuperado de: http://es.scribd.com/doc/84999860/LYOTARD-Jean-Francois-Los-derechos-del-otro
genial!!!!! ¿tu sabrías dónde puedo encontrar material visual de esta conferencia?
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